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20180811

#272

—Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la
resurrección de la Rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
—Eres crédulo —dijo—. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
—Nadie es incapaz de destruirla —dijo el discípulo.
—Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada?
¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna
de hierba?
—No estamos en el Paraíso— habló tercamente el muchacho— aquí, bajo la luna,
todo es mortal.

Paracelso se había puesto de pie e inquirió:
—¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no
sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el
Paraíso?

Importado de "La Rosa de Paracelso"

20111111

01110001

II

Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

Importado de "Ajedrez"

20110117

XXXI

Estar contigo o no estar contigo, es la medida de mi tiempo.


Extraído de "El amenazado"

20100304

IX

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por lo impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

(extraído completamente, La Trama)