20130520

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Sigo teniendo ante mis ojos a Teresa, sentada en un tocón, acariciando la cabeza de Karenin y pensando en la debacle de la humanidad. En ese momento recuerdo otra imagen: Nietzsche sale de su hotel en Turín. Ve frente a él un caballo y al cochero que lo castiga con el látigo. Nietzsche va hacia el caballo y, ante los ojos del cochero, se abraza a su cuello y llora.

 Esto sucedió en 1889, cuando Nietzsche se había alejado ya de la gente. Dicho de otro modo: fue precisamente entonces cuando apareció su enfermedad mental. Pero precisamente por eso me parece que su gesto tiene un sentido más amplio. Nietzsche fue a pedirle disculpas al caballo por Descartes. Su locura (es decir, su ruptura con la humanidad) empieza en el momento en que llora por el caballo.

 Y ése es el Nietzsche al que yo quiero, igual que quiero a Teresa, sobre cuyas rodillas descansa la cabeza de un perro mortalmente enfermo. Los veo a los dos juntos: ambos se apartan de la carretera por la que la humanidad, «ama y propietaria de la naturaleza», marcha hacia adelante.


Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130517

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  Teresa acaricia constantemente la cabeza de Karenin, que descansa tranquilamente sobre sus rodillas. Para sus adentros dice aproximadamente esto: No tiene ningún mérito portarse bien con otra persona. Teresa tiene que ser amable con los demás aldeanos porque de otro modo no podría vivir en la aldea. Y hasta con Tomás tiene que comportarse amorosamente, porque a Tomás lo necesita. Nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existente entre ellos y nosotros.

   La verdadera bondad del hombre sólo puede manifestarse con absoluta limpieza y libertad en relación con quien no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad de la humanidad, la más honda (situada a tal profundidad que escapa a nuestra percepción), radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales. Y aquí fue donde se produjo la debacle fundamental del hombre, tan fundamental que de ella se derivan todas las demás.

Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130515

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  Así que sigue su camino con las terneras, que van frotándose mutuamente las ancas, y piensa que son unos animalitos muy agradables. Tranquilas, ingenuas, algunas veces puerilmente alegres: parecen señoras gordas de cincuenta años que fingen tener catorce. No hay nada más conmovedor que las vacas cuando juegan. Teresa las mira con simpatía y piensa (es una idea recurrente desde hace ya dos años) que la humanidad vive a costa de las vacas, del mismo modo en que la tenia vive a costa del hombre: se ha enganchado a su teta como una sanguijuela. El hombre es un parásito de la vaca, así definiría probablemente un no-hombre al hombre en su zoología.

   Podemos considerar esta definición como una simple broma y reírnos amablemente de ella. Pero cuando Teresa se ocupa seriamente de ella, se encuentra en una situación comprometida: sus ideas son peligrosas y la alejan de la humanidad. Ya en el Génesis, Dios le confió al hombre el dominio sobre animales, pero esto podemos entenderlo en el sentido de que sólo le cedió ese dominio. El hombre no era el propietario, sino un administrador del planeta que, algún día, debería rendir cuentas de esa administración.


Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130507

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  En el mismo comienzo del Génesis está escrito que Dios creó al hombre para confiarle el dominio sobre los pájaros, los peces y los animales. Claro que el Génesis fue escrito por un hombre y no por un caballo. No hay seguridad alguna de que Dios haya confiado efectivamente al hombre el dominio de otros seres. Más bien parece que el hombre inventó a Dios para convertir en sagrado el dominio sobre la vaca y el caballo, que había usurpado. Sí, el derecho a matar un ciervo o una vaca es lo único en lo que la humanidad coincide fraternalmente, incluso en medio de las guerras más sangrientas.
  Ese derecho nos parece evidente porque somos nosotros los que nos encontramos en la cima de esa jerarquía. Pero bastaría con que entrara en el juego un tercero, por ejemplo un visitante de otro planeta al que Dios le hubiese dicho: «Dominarás a los seres de todas las demás estrellas», y toda la evidencia del Génesis se volvería de pronto problemática. Es posible que el hombre uncido a un carro por un marciano, eventualmente asado a la parrilla por un ser de la Vía Láctea, recuerde entonces la chuleta de ternera que estaba acostumbrado a trocear en su plato y le pida disculpas (¡tarde!) a la vaca.

Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130415

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  En el asiento trasero se apretujaban cuatro niños. El senador detuvo el coche; los niños bajaron y corrieron por el amplio césped hacia el edificio de un estadio en el que había una pista de patinaje sobre hielo. El senador, sentado al volante, miraba enternecido a las cuatro figuritas que corrían y se giró luego hacia Sabina: «Mírelos». Dibujó con la mano un círculo que pretendía abarcar el estadio, el césped y a los niños: «A esto lo llamo felicidad».


  ¿Cómo sabía aquel senador que los niños son la felicidad? ¿Es que podía ver sus almas? ¿Y si en el momento en que desaparecieran de su vista, tres de ellos se lanzaran sobre el cuarto y empezaran a pegarle?
 El senador tenía un solo argumento para su afirmación: sus sentimientos. Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga. En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón.

  Por supuesto el sentimiento que despierta el kitsch debe poder ser compartido por gran cantidad de gente. Por eso el kitsch no puede basarse en una situación inhabitual, sino en imágenes básicas que deben grabarse en la memoria de la gente: la hija ingrata, el padre abandonado, los niños que corren por el césped, la patria traicionada, el recuerdo del primer amor.
 
  El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lagrima dice: ¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!

  La segunda lágrima dice: ¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!

Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130409

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  En el siglo cuarto, San Jerónimo rechazaba por completo la idea de que Adán y Eva fornicaran en el paraíso. Por el contrario, Juan Escoto Erígena, gran teólogo del siglo noveno, admitía semejante idea. Pero imaginaba que a Adán se le elevaba el miembro tal como se eleva el brazo o el pie, cuando quería y como quería. No busquemos en esta imagen el eterno sueño del hombre obsesionado por la amenaza de la impotencia. La idea de Escoto Erígena tiene otro sentido. Si el miembro puede elevarse por una simple orden del cerebro, la excitación carece de utilidad. El miembro no se yergue porque estemos excitados, sino porque se lo ordenamos. Lo que al gran teólogo le parecí a incompatible con el paraíso no era la fornicación y el placer ligado a ella. Lo incompatible con el paraíso era la excitación. Recordémoslo bien: en el paraíso existía placer, no excitación.
  En esta meditación de Escoto Erígena podemos encontrar la clave de una especie de justificación teológica (dicho de otro modo, de una teodicea) de la mierda. Mientras se le permitió al hombre permanecer en el paraíso, o bien (al modo de Jesús, según afirmaba Valentín) no defecaba o, lo cual parece más probable, la mierda no se entendía como algo asqueroso. Cuando Dios expulsó al hombre del paraíso, hizo que conociera el asco.
 El hombre empezó a ocultar aquello de lo que se avergonzaba y, cuando levantó el velo, le cegó un resplandor. De ese modo conoció, inmediatamente después del asco, la excitación. Sin mierda (en sentido literal y figurado) no existiría el amor sexual tal como lo conocemos: acompañado de palpitaciones del corazón y ceguera de los sentidos

20130402

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Alguna gente se reía al ver su cambio, pero él los dejaba reír y les hacía poco caso; porque era lo suficientemente sabio para entender que nunca paso nada bueno sobre este planeta, ante lo cual, al principio, la gente no se riera. Y, como sabía que tales personas estarían ciegas de todas maneras, le daba lo mismo que arrugaran sus ojos al reírse o que manifestaran la enfermedad en formas menos atractivas. Su propio corazón reía, y esto era suficiente para él.

Importado de "Canción de Navidad"

20130326

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El hijo de Stalin dio su vida por la mierda. Pero morir por la mierda no es una muerte sin sentido. Los alemanes, que sacrificaban su vida para extender el territorio de su imperio hacia oriente,  los rusos, que morían para que el poder de su patria llegase más lejos hacia occidente, ésos sí, ésos morían por una tontería y su muerte carece de sentido y de validez general. Por el contrario, la muerte del hijo de Stalin fue, en medio de la estupidez generalizada de la guerra, la única muerte metafísica.

Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130325

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-Espíritu -dijo Scrooge, con un interés que nunca antes había sentido-, dime si Timmy va a vivir.
-Veo una silla vacía -replicó el Fantasma- en el pobre rincón de la chimenea, y una muleta sin dueño, cuidadosamente conservada. Si esas sombras no son alteradas por el futuro, el niño va a morir.
-¡No, no! -dijo Scrooge-. ¡Oh, no! ¡Bondadoso Espíritu! Dime que se salvará.
-Si esas sombras no son alteradas por el Futuro, ningún otro de mi raza -replicó el Fantasma- va a encontrarlo aquí. ¿Y Qué con eso? Si prefiere morir, mejor que lo haga y disminuya el exceso de población.
Scrooge, lleno de arrepentimiento y de pena, bajó la cabeza al escuchar sus propias palabras citadas por el Espíritu.
-Hombre - dijo el Fantasma-, si tienes corazón  humano y no de piedra, evita esas palabras malvadas hasta que hayas descubierto Cuál es ese exceso y Dónde se encuentra.

Importado de "Canción de Navidad"

20130323

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Unos días más tarde se le ocurrió la siguiente idea, que registro como complemento al capítulo anterior:
 En el universo existe un planeta en el que todas las personas nacerán por segunda vez. Tendrán entonces plena conciencia de la vida que llevaron en la tierra, de todas las experiencias que allí adquirieron.
 Y existe quizás otro planeta en el que todos naceremos por tercera vez, con las experiencias de las dos vidas anteriores.
 Y quizás existan más y más planetas en los que la humanidad nazca cada vez con un grado más (con una vida más) de madurez.
 Esa es la versión de Tomás del eterno retorno.

 Claro que nosotros, aquí, en la tierra (en el planeta número uno, en el planeta de la inexperiencia), sólo podemos imaginar muy confusamente lo que le ocurriría al hombre en los siguientes planetas. ¿Sería más sabio? ¿Es acaso la madurez algo que pueda ser alcanzado por el hombre? ¿Puede lograrla mediante la repetición?  Sólo en la perspectiva de esta utopía pueden emplearse con plena justificación los conceptos de pesimismo y optimismo: optimista es aquel que cree que en el planeta número cinco la historia de la humanidad será ya menos sangrienta. Pesimista es aquel que no lo cree.

Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130320

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El aire estaba lleno de fantasmas que deambulaban de un lado a otro y que gemían a medida que avanzaban.  Al igual que el fantasma de Marley, todos llevaban cadenas; unos pocos-quizás, el gabinete de algún mal gobierno- estaban encadenados juntos; ninguno era libre. A muchos, Scrooge los había conocido personalmente cuando estaban vivos. En especial, había tenido bastante trato con un viejo fantasma de chaleco blanco, con una enorme caja de caudales encadenada al tobillo, que lloraba de pena por no poder ayudar a una infeliz mujer con un niño que veía abajo, sentada en el escalón de una puerta. Estaba claro que la desgracia de todos consistía en que deseaban intervenir para bien en las vidas de los hombres y habían perdido, para siempre, la capacidad de hacerlo.

Importado de "Una canción de Navidad"

20130319

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El carácter único del «yo» se esconde precisamente en lo que hay de inimaginable en el hombre. Sólo somos capaces de imaginarnos lo que es igual en todas las personas, lo general. El «yo» individual es aquello que se diferencia de lo general, o sea lo que no puede ser adivinado y calculado de antemano, lo que en el otro es necesario descubrir, desvelar, conquistar.


Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130317

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¡El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta!
¡Cuidado! No estoy diciendo que yo conozca por experiencia propia lo que tiene de particularmente de muerto el clavo de una puerta. Personalmente, me hubiera inclinado a considerar el clavo de un ataúd como la pieza de ferretería más muerta que se puede obtener en ese tipo de comercios. Pero el dicho refleja la sabiduría de nuestros ancestros; qué sería de nuestro país si lo alterara. Me permitirían entonces que repita enfáticamente que Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta.

Importado de "Una canción de Navidad"

20130316

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Las tazas de water en los cuartos de baño modernos se elevan del suelo como flores blancas de nenúfar. El arquitecto hace todo lo posible para que el cuerpo olvide sus miserias y el hombre no sepa qué pasa con los residuos de sus entrañas cuando rumorea por encima de ellos el agua violentamente salida del depósito. Los tubos de la canalización, aunque llegan con sus tentáculos hasta nuestras casas, están cuidadosamente ocultos a nuestra vista y nosotros no sabemos nada de la invisible Venecia de mierda sobre la cual están edificados nuestros cuartos de baño, habitaciones, salas de baile y parlamentos.

Importado de "La insoportable levedad del ser"

20130313

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Lloviznaba. Los apresurados peatones abrían los paraguas y en un momento la acera estuvo

repleta. Los paraguas chocaban unos contra otros. Los hombres eran amables y, cuando pasaban junto a
Teresa, levantaban la empuñadura del paraguas por encima de la cabeza para que pudiera pasar. Pero
las mujeres no se apartaban. Miraban hacia delante con dureza y cada una de ellas esperaba que la otra
reconociese su debilidad y retrocediese. El encuentro entre paraguas era una prueba de fuerzas. Teresa
al principio se apartaba, pero cuando comprendió que su amabilidad nunca era correspondida, cogió el
paraguas con la misma firmeza que las demás. Varias veces chocó violentamente contra el paraguas de
enfrente, pero nadie dijo «disculpe». Por lo general nadie decía nada, dos o tres veces oyó decir
«¡imbécil!» o «¡mierda!».
(...)

Estaban dispuestas a luchar contra un ejército enemigo con la misma obstinación que contra un paraguas que no está dispuesto a cederles el paso.

Importado de "La insoportable levedad del ser"